yngwie.gif (1226 bytes)

Glenn Hughes y Walter Giardino Temple
en el Teatro Coliseo (20/11/99).

Duelo De Titanes

Duelo De Titanes


Algunos se atrevían a otorgarle al evento proporciones históricas. Un ex-Deep Purple se encontraba con uno de los músicos nacionales que mayor devoción profesó durante toda su carrera por aquel grupo.

Ya de entrada, cualquier banda que tome su nombre del universo de Tolkien y bautice a uno de sus trabajos con el título de un cuento de Lovecraft, es merecedora de mi total atención. Pero si encima los resultados son tan auspiciosos como los expuestos, mucho mejor; y por eso es que lo de Sauron no deja de sorprenderme. Hasta la fecha, tuve la oportunidad de escucharlos tan sólo tres veces, pero no necesito más para convencerme de que su propuesta es una de las más originales e interesantes de la escena nacional. Presentaron temas de su segundo trabajo, "El Color Que Cayó Del Cielo", con un estilo cada vez más volcado hacia los púrpuras setentas, e inclusive, desde donde yo estaba ubicado, el tecladista Omar Piñeyro se parecía bastante físicamente a John Lord (cuando todavía era morocho), y lo mismo ocurría con sus talentosas intervenciones en las teclas. Por su parte, el Pato Larralde, si bien menos movedizo y poseído que en otras ocasiones, recitó, gritó, gruñó y, por supuesto, cantó lo suyo con la misma peculiar calidad a la cual ya nos tiene tan bien acostumbrados.

Los gritos de “¡¡Vamó Walter!!” y “¡¡Aguante Temple!!” no tardaron en hacerse oír en el recinto. Pero el pequeño (y, para muchos, inesperado) detalle, era que el turno de Giardino no había llegado aún. Por el contrario, las luces se apagaron, la adrenalina hizo su aparición, y para cuando "Stormbringer" explotó en el escenario, las dudas más rebeldes se esfumaron instantáneamente. Ni bien Glenn Hughes se apoderó de las tablas, el teatro entero pareció sumirse bajo una suerte de trance inconsciente en el cual únicamente había lugar para el disfrute, la diversión y la alegría. Y así fue durante todo el show, en donde no faltaron perlas de las diversas etapas del cantante: desde Hughes/Thrall, pasando por Trapeze y Gary Moore, hasta su participación junto a  Tony Iommi en "Seventh Star". 

La aterciopelada garganta de Hughes hechizó a los presentes con un espectáculo repleto de sutilezas, cuidadas atmósferas y vaivenes emocionales que arrastraban los corazones de la audiencia mientras los invitaban cordialmente a dar un paseo de lujo que incluía escalas en el soul, el hard rock, el funk, y las baladas. Y entre clásico y clásico, tampoco faltó oportunidad de escuchar alguna novedad extraída del reciente "The Way It Is". Mientras tanto, uno no podía evitar reparar en la solvencia y la pirotécnica destreza de los músicos que acompañaban al cantante, cuyo desempeño no sólo instrumental, sino a su vez escénico, transmitía la sensación de estar apreciando a una verdadera y perfectamente ensamblada banda, en lugar de meros sesionistas pagos y su consecuente frialdad e indiferencia. Sobre todo el guitarrista Joakim Marsh, que no paraba de saludar, sonreír y hacerle caritas al público, mientras se contorsionaba en un espasmo de placer con cada nota de cada uno de sus exquisitos solos. Por su parte, Glenn demostró una vez más su contundencia como bajista, y tampoco dejó pasar momento en el cual no agradeciera o le repitiera a sus fans lo mucho que los amaba (aunque 50 “I love you Argentina!” en una misma  noche fueron un tanto excesivos para mi gusto).

No quiero resultar exagerado, pero haber ubicado el show de Temple después del de Hughes me pareció y me sigue pareciendo una increíble falta de respeto. Y lo digo con la convicción de quien considera a la banda de Giardino como favorita personal del género a nivel nacional. Simplemente, no me resigno a comprender cómo un artista con treinta intensos años de trayectoria puede cederle su merecido lugar a otro artista que, si bien es digno de la mayor de las admiraciones, no se encuentra aún en el mismo codiciado escalón que sólo alcanzan las leyendas. Sin embargo, a muchos de los presentes no pareció importarles demasiado quién tocaba antes o después, y en su lugar se dedicaron plenamente a disfrutar cada malabarismo instrumental que surgía de la guitarra de Walter, que, como siempre, ofreció un desempeño envidiable, salpimentado de la primera a la última nota con ese noble y elegante clasicismo que tan bien conoce el ex-líder de Rata Blanca. Tampoco faltó el extenso y obligatorio solo de guitarra hacia el final de la velada, seguido por otro en donde el batero Fernando Scarcella demostró que además de un excelente músico, es un cómico y desopilante showman.

Pero el verdadero broche de oro, por supuesto, era otro. Ya todos sabíamos de qué se trataba la cosa, pero lo interesante del asunto residía en ver cómo Glenn Hughes y Walter Giardino cuajaban no tanto musicalmente, si no más bien a nivel “tamaño de egos”. Por lo que respecta a lo primero, ninguna objeción. "Burn" sonó en una versión demoledora en donde Giardino demostró (si es que hacia falta) lo bien que conoce el clásico de Purple, metiendo notas y arreglos por todos lados, e inclusive haciendo un entretenido duelo de violas entre él y Joakim Marsh (no sé por que, pero algo me dice que, en el fondo, Walter hubiera preferido ser el único guitarrista sobre las tablas). En cuanto a lo segundo, personalmente no terminé de convencerme. Un par de secos abrazos no son suficientes para disipar el forzado gesto de amabilidad que parecía dibujar las expresiones de un Hughes que, a pesar de todo, volvió a cantar como sólo él puede hacerlo.

Final de lujo  para una noche no menos lujosa. La gente volvió a disfrutar a rabiar, LA Voz volvió a destrozar Buenos Aires y Giardino volvió a dejar en claro que él y su guitarra son una sola pieza, y que su fanatismo por Purple es inocultable; a pesar de que, a la hora de la despedida, él y Hughes se fueran cada uno por su lado...

Esteban Medaglia

 

<<< VOLVER