Cemento, 22 y 23 de Septiembre 2000


SEGUIRE JUNTO AL METAL CON MI MENSAJE…


NUEVAMENTE EL METAL ROCK FESTIVAL SE CONVIRTIÓ EN UN MUESTRARIO COMPETENTE DE LO QUE LA ESCENA METÁLICA LOCAL TIENE PARA OFRECER, Y QUIZÁS EL SECRETO DE SU YA MERECIDO RENOMBRE SE HALLE MÁS EN SU CONSTANCIA Y PERIODICIDAD QUE EN LA NECESARIA REPRESENTATIVIDAD DE LAS BANDAS QUE INTEGRAN EL CARTEL. SIN EMBARGO, LA RECIENTE EDICIÓN SERÁ RECORDADA CON ESPECIAL CARIÑO, PUES COMO CORONACIÓN DE LA GRILLA EN AMBOS DÍAS NOS TRAJO DE REGRESO A UNA LEYENDA QUE RETORNÓ AL PAÍS LUEGO DE DIECISÉIS ANNOS DE OSTRACISMO: LOS ESPAÑOLÍSIMOS BARÓN ROJO, AQUELLOS QUE EN LOS TEMPRANOS '80S NO SHICIERON PERDER LA VERGUENZA DE CANTAR EN CASTELLANO. LOS ILUSTRES INVITADOS TUVIERON EL LUGAR QUE CORRESPONDÍA, Y SU PRESENCIA FUE UN HOMENAJE AL PÚBLICOARGENTINO EN EL REENCUENTRO, A LOS GRUPOS QUE COMPARTIERON EL ESCENARIO Y AL HEAVY METAL COMO ESPÍRITU Y TRADICIÓN. HE AQUÍ LA BREVE CRÓNICA DE LOS HECHOS.

Día I: PARA TODOS LOS GUSTOS
Para la primera velada del denomianado Metal Rock Festival Ivse agruparon siete bandas que sumaban un peso específico inferior al del sábado, al menos en materia de cartel, pero de gran interés para el entendedor en busca de nuevos valores. La merma de público, sin embargo, era evidente. Las puertas se abrían a las 21 hs., pero el primer acto saldría casi una hora más tarde; mientras tanto, los tempraneros podían recrearse en la modesta feria montada en la enorme antesala de Cemento, que incluyó desde clínicas de guitarra hasta venta de remeras. La noche arrancó con CÍCLOPE y su menú a base de Accept y el más crudo Judas Priest sin demasiadas pretensiones. El sonido no los acompañó y por momentos la bola de distorsión y el chillido de la voz en plan Udo Dirkschneider daba la sensación de que en cualquier momento se te saltaban las emplomaduras de las muelas.
Acto seguido, una serie de explosiones y sirenas dieron paso al hard rock fiestero de ELMER, que recién sacaba del horno sus segundo CD, titulado "Boicot". Ya con el sonido mejorado desplegaron una gran producción escénica y musical a punto tal que por momentos daba la sensación de estar frente al Dokken de los buenos tiempos. Ariel Gambini, Gustavo Santini, , Ezequiel y Martín Verry transpiraron la camiseta y la buena acogidadel respetable fue el resultado. A esta altura era claro que el promediode los sets rondaría en los treinta minutos. Uno de los puntos más altos de la noche se dio con la presentación de CUERO, la banda del cantante Enrique Gómez Yafal, quien repartió el carisma de siempre en los temas del mini-LP promocional así como en la emotiva versión de "Ciudad Sin Alma". Pero lo curioso es que, lejos de centrar la atención en su figura, el ex-Kamikaze armó este nuevo proyecto sobre la brillante instrumentación de sus músicos, en un acto de nobleza muy bienvenida en estos tiempos en que todos buscan sacar tajada de glorias pasadas. Con la presentación de los montevideanos CHOPPER (los otros invitados del evento) quedó a la vista la capacidad de los uruguayos para ganarse a la audiencia argentina con un buengolpe de efecto. Cuando no parecía ser más que otra correcta banda influenciada por Pantera, sacaron de la galera esa carta infalible llamada V8. Una aguerrida versión de "Destrucción" desató el pogo general y, consignas trilladas y no exentas de alguna demagogia mediante ("V8 es lo más grande", "aguante el metal", "aguante Buenos Aires", etc.), lograron terminar el show con el público coreando el nombre de Chopper. Bien por los uruguayos, que más allá de su correcto rendimiento, al menos supieron manejar la situación y volcarla en su favor. Entrada la medianoche llegó el turno de AZEROTH y otra vez demostraron estar a la altura de la promoción recibida. Para su vivo, la banda de los hermanos Ricciardulli echó mano a la faceta más potente y dejó un tanto de lado los ribetes melódicos, cosa que no se había percibido cuando telonearon a Nightwish en Acatraz, donde el cantante Diego Valdez tuvo sin dudas un lucimiento mayor. Sin embargo, la apuesta por la contundencia quedó a la vista con la positiva reacción del público en temas como "En Agonía" y el remate de "Emerald Sword" de Rhapsody, a pesar de que los teclados se extrañaron.
CRUEL ADICCION, la bandadel ex-Logos y ex-V8 Miguel Roldán, exhibió un heavy metal de sonido grave y homogéneo que por ahora no presenta más que sutiles diferencias con la propuesta de Logos, aunque tales diferencias parecen bastar para que el enganche de la audiencia no se consume totalmente. El delgado guitarrista, tocado con un llamativo sombrero de cowboy en un principio, y secundado por la joven baterista Karina Bergé, el ex-Faust Claudio Vattino en voz y el bajista Martín Rizzo, entregó media hora de material del inminente primer disco mechando dos clásicos, "Como Relámpago En La Oscuridad" y "Quién Dijo", los que en definitiva levantaron a la gente. Cerca de las dos de la mañana, con la misma batería que utilizaría BARON ROJO más tarde, O'CONNOR comenzó sus how con el sonido más arriba que las bandas anteriores. El amigdalítico Claudio recorrió las tablas enfrentando a su público como quien pasa revista, y la bandas desplegó su heavy metal aggiornado y sazonado con algunas reminiscencias setenteras sin tropiezo alguno. La respuesta del público fue muy sólida y algunos temas propios (como el distintivo "Tus sermones") tuvieron casi tan buena acogida como la versión de "Del Camionero" de Hermética, cuya introducción solía cantar Ricardo Iorio con ronco sentir. El final con "Supernaut" de Black Sabbath y Claudio revoleando su cabellera como una hélice al compás del riff asesino fue digno de la ocasión. A pesar de las casi cinco horas de música, la gente estaba a pleno y sin ningún indicio de saturación. En parte, gracias a la buena perfomance de las bandas participantes pero también vale destacar que -salvo en la primera parte de Cíclope- el sonido fue muy pasable, no hubo baches sustanciales entre presentaciones y el lugar no estaba tan saturado de gente como sucedió el día siguiente. El marco y la expectativa por ver a los Barones ya estaban listos.
Pedro Freire

Día II: EN TODOS LOS FRENTES
No cabían dudas: el peso de la convocatoria estaba volcado al sábado. La velada no podría haber tenido una mejor inauguración que la ofrecida por BATÁN, un grupo del cual tenía noticias pero jamás el gusto de escuchar. Desde los primeros acordes, se asentaron sobre el escenario descargando sobre el público un torrente de salvajismo tal que era difícil ignorarlo. La propuesta del grupo no escapa a los moldes del típico heavy argento, con letras combativas y un vocalista de voz rabiosa. Pero, si a eso le sumamos un baterista brutal que genera diversos ritmos tribales a cada rato, más un guitarrista que, sin llegar a ser eximio, sabe combinar con la sabiduría de un alquimista experimentado las sutilezas melódicas con el machaque más crudo, se deduce qu estamos parados frente a un futuro éxito en la escena local. Luego siguió TRIBAL, quien brindó un heavy de corte moderno basado en riffs lentos y un vocalista afecto a las frases breves y cortantes. Temo que la banda no logró impactarme en ningún momento, ya que la escuchaba poco compacta. Ni siquiera cuando, a mitad del set, subieron como invitados el guitarrista y vocalista de Lorihen para ejecutar una de las canciones más hermosas pregonadas en el mundillo del rock, "Perfect Strangers", de Deep Purple. Sin embargo, a pesar de que el grupo no me satisfizo del todo, debo reconocer que cuando les cortaron el sonido y encendieron las luces a mitad de un tema por haberse excedido del tiempo estipulado me sentí más que solidario. Por un lado comprendo que cada agrupación debe limitarse al tiempo pautado. También que, a veces, ese tiempo se hace subjetivamente mucho más corto, el músico no se da cuenta, continúa y desorganiza todo. Pero igualmente creo que no queda bien poner en práctica medidas tan drásticas.
Momentos después, apareció el primer plato fuerte de la velada. El grupo PATAN atacó el escenario con sus atuendos de cuero y tachas, liderados por Gabriel Oliverio, una especie de clon de Ripper Owens que canta como Bruce Dickinson y pega alaridos a lo Rob Halford. Este grupo, como nos tiene acostumbrados, ofreció un show sin ningún bache. Sus cabalgatas al estilo Judas Priest con la fuerza de un Maiden, demuestran que su triunfo como revelación del '99 en la encuesta de lectores de esta revista es un dechado de lógica. Y si alguna duda cabe, basta escuchar su impresionante cover "The Trrrooper", para despejarla. Siguiendo el patrón común de todo lo existente, el set llegó a su fin, dejando a una gran franja de espectadores al borde del estupor. Momentos después, acompañado por el juego de luces más impactante de toda la noche, apareció la banda liderada por Mario Ian, DEVENIR. Acá quiero andar con cuidado para qu e no me malinterpreten. Si bien, en sus comienzos esta banda no logró despertarme interés, hoy la considero poseedora de una personalidad interesante. Poco a poco fueron dejando el estilo de heavy tan ortodoxo y se fueron tornando en una banda con riffs a lo Jane's Adicction y líneas vocales casi hipnóticas. Pero, a pesar de eso, el pésimo sonido -fue la banda que peor sonó en toda la velada- no logró generar la atmósfera adecuada para disfrutar de esa propuesta, transformando todo en una bola de sonido donde ni siquiera se escuchaba claramente la elelgante voz de Mario. Una lástima.
Otro plato fuerte iba a ser servido. Una de las bandas más poderosas de la escena local, IMPERIO, subió al escenario ofreciendo toda su pompa y prirotecnia. El set se basó casi totalmente en temas de su segundo disco "Paz En La Tormenta", y tuvo como denominadores comunes el frenesí, la velocidad y el buen gusto. El público coreó cada uno de los temas nuevos con la misma intensidad que otros clásicos como "Para Mi Gloria O Mi Fracaso" o "El Inmortal". En fin, brindaron un show con mucha magia y mucho manejo de los tiempos, donde la única sorpresa, al menos para mí, fue el cover de V8 "Antes Que Los Viejos Reyes". Otra de las tantas razones que elevaba el interés del sábado era que, al fin, se revelaría la incógnita sobre cómo sería NEPAL sin Larry. Y, si debo ser sincero, la jugada no me parece tan atrevida como me lo había imaginado. "El Gato" (así se apoda el nuevo vocalista) tienen un registro vocal tan limitado como el anterior cantante y sólo difiere en tono. El cual parece, haciendo honor a su apodo, el maullido de un gato callejero. Encima, en comparación con el vozarrón del pelado Zabala, lleva las de perder. De esta forma, la propuesta de Nepal sigue contando con tres músicos capaces de crear una estructura sólida como el diamante pero que deja a la vista grietas en cuanto comienza a sonar la voz. Para colmo, el nuevo integrante exhibió falta de carisma y un peligroso estatismo sobre las tablas. Debe recalcarse el respeto que demostró el público, apreciando la nueva propuesta esn silencio, más allá del idiota ocasional que nunca falta.
Faltaba la gran carta de la noche, si nos atenemos a lo mucho que HORCAS ha crecido últimamente. Qué puedo decir de ellos que no haya dicho hace dos números si el recital que dieron en el propio Cemento fue exactamente igual en todo sentido al de la presentación del disco? Sólo que, al ser el set más reducido, se concentraron en los temas de "Eternos" y se privaron de los covers a V8 o de canciones más antiguas; y que era el cumpleaños del violero Gabriel Lis. Todo lo demás fue un calco: el fervor de un recinto repleto, el electrizante desempeño de los músicos, las vibrantes alocuciones de Walter Meza y hasta su zambullida en brazos del público que a duras penas lo deja volver al escenario. Una especie de renovado ritual de éxito que está a punto de volverse costumbre.
Luego de una jornada intensa donde el buen nivel se hizo presente, llegó el momento ansiado. BARON ROJO copaba Cemento por segundo día consecutivo. Sus municiones no estaban conformadas por ninguna tecnología novedosa. Sólo heavy metal y rock and roll para sacudir el esqueleto más dormido.
Martín Brunás

YA NO LOS FABRICAN ASI
Por favor, no vayan a pensar ni remotamente que el título de este segmento tiene algo que ver con la nostalgia. Seguro que alguno fue pensando en revivir aquella época mítica de los recitales multitudinarios en los tempranos '80s cuando tenía más pelo y menos obligaciones, barajando imágenes de las huestes de cuero y tachas que se congregaban proféticamente al caer la noche, y buscando con la mirada la cara familiar de un amigo de aquella época para preguntar por los que no vinieron, intercambiar fotos de los hijos, y palmearse la espalda mientras reflexionan "puta, cómo pasa el tiempo!"… No hay nada condenable en eso, y la edad no es un delito. Pero creo que Barón Rojo tiene el mérito suficiente como para disfrutar sin excusas de su música, aunque ésta se halle indisolublemente unida a una historia. En todo caso, a mí la nostalgia me resbaló por completo.
No, el título tiene que ver más bien con un símil automotriz, si ustedes me lo permiten. Barón Rojo es como uno de esos autos viejos que se fabricaron para durar; un Ford de los '70s, digamos: sólido, espacioso, confiable, de esos que nunca te dejan a pie. Con el tiempo perdieron la vanguardia en la línea pero, a la hora de un choque, las versiones más modernos parecen latas de galletitas que se aplastan contra un acorazada. Se me ocurre que la razón fundamental pasa porque cuando se planeó el diseño no se escatimaron costos en los materiales. Barón Rojo puede apelar con soltura a la tradición, al blues, al boogie, al rock clásico, al heavy metal de rancia estirpe, y mientras está en movimiento, su estructura resulta prácticamente inconmovible. Encima, con un repertorio como el de ellos, la carrocería sólo puede marchar sobre ruedas.
Ahora bien, lo que tenemos aquí, sin embargo, no es del todo un original, ha sufrido modificaciones y asimilado repuestos. Los hermanos De Castro mantienen la esencia, pero a costa de sacrificios. Podrá extrañarse a Hermes Calabria, pero en definitiva el suyoes el destino de los bateros, confinados al segundo plano, y Vale Rodríguez cumple ajustadamente con su parte. El caso de José Luis "Sherpa" Campuzano se presenta distinto, porque solía encarnar la voz y la imagen del grupo, y en cierto sentido es un irremplazable. Con todo, está visto que el transplante resultó exitoso. Carlos De Castro tomó la responsabilidad total del canto que antes controlaba en un cuarenta por ciento (aunque los otros dos del frente lo asisten con los coros), y Armando se echó a cuestas la imagen de la banda haciendo valer su prestigio de violero consumado y administrando con mesura su nueva posición como centro de las miradas. El bajista Angel Arias, por su parte, se desempeña como un correcto acólito.
Conscientes de que hacía quince años que faltaban por estas tierras, concentraron su atención en el material producido desde "En Un Lugar De La Marcha" para atrás (con la única excepción del ganchero "Cueste Lo Que Cueste", uno de los cuatro bonus de su último recopilatorio), y salieron al escenario decididos a no dejar afuera nada que tuviera el más leve olor a clásico. Ingresaron caminando estudiadamente de la mano de "Barón Rojo", y se ganaron de inmediato a la vieja guardia con "Son Como Hormigas" e "Incomnunicación", aprovechando el corte para saludar a la audiencia y agradecer la oportunidad. Armando encaró "Hermano Del Rock And Roll", "un temita que, para bien o para mal, siempre me dejaron cantar a mí", y el trámito se disparó hacia una fiesta de dos horas y pico que culminó ambos días a eso de las cinco y media de la mañana. Los Barones conocen tan bien lo suyo, que de un día para otro cambiaron algunos temas como si nada; "Las Flores Del Mal", "Larga Vida Al Rock And Roll" y "Breakthoven", que no estuvieron el viernes, brillaron el sábado con especial intensidad. Es más, en su frenesí por no olvidar nada, cortaron y pegaron versiones, sobre todo en el último cuarto del show, como la emotiva "Hijos De Caín", a modo de antesala del favorito "Resistiré", y ni siquiera se privaron de reforzar la dedicatoria del instrumental "Buenos Aires". La solidez y variada selección de influencias a la que hice referncia al principio tuvo picos de exhibición: no sólamente en las palabras de "Concierto Para Ellos", sino también en los fragmentos de "Whole Lotta Love", "Smoke On The Water" y "Highway To Hell" que brotaron en el interludio de "Los Rockeros Van Al Infierno" y "Con Botas Sucias", y avivaron el calor del público. Inclusive el viernes subió como invitado Botafogo, presentado de manera entusiasta como "un amigo, y uno de los mejores guitarristas del mundo", y se acopló en un aortodoxa entrega del blues "I'm Your Hoochie Coochie Man" de Willie Dixon, para la cual Carlos hasta se descolgó la viola.
Mi encuentro con el recambio generacional se dio el mismo viernes, cuando Armando abordó el escenario en los prolegómenos de "Satánico Plan" y unos chicos que estaban a mi lado se preguntaron "qué es eso que le brilla en el dedo?". Evidentemente, nunca habían visto un slide, tampoco un solo realizado con tradicional adminículo, y mucho menos un solo como ese, rico y sentido hasta la admiración. Del mismo modo, se quedaron boquiabiertos cuando Carlos y Armando coreografiaron sus evoluciones sobre las tablas al compás del fraseo de guitarras gemelas. En el caos escénico que rige los shows de hoy en día, les habrá parecido una simpática extravagancia del pasado. Pero en realidad se trata de una característica casi individual de Barón Rojo, que certifica la confianza puesta en juego por los hermanos, y confirma que ellos, y nada más que ellos, son la banda.
Mucho entretenimiento, adrenalina, guiños familiares, impecable lista de temas, soberbio nivel instrumental y un ambiente de mutua satisfacción y cariño que iba desde los músicos hacia la audiencia y volvía con toda naturalidad, fue lo que se vivió en Cemento los dos días del reencuentro con el mito. Los Barones ganaron la apuesta. La nostalgia fue sólo una anécdota.

César Fuentes Rodríguez
Fotos: Paula Dyment
(Revista Epopeya N° 35



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